miércoles, 19 de agosto de 2009

El placer de jugar mis cartas

No hay más que esto. En el papel es simple, es muy poco quizás. Sobre el papel es precisamente, donde pongo las cartas y las juego a mi modo, aunque en un principio pueda no estar seguro de lo que haré con ellas.


Es el corazón la guía perfecta, son las emociones. El momento no hay que forzarlo, simplemente esperarlo, pacientemente. Me vuelvo adicto, me excito cuando siento que el juego de cartas me favorece, porque se que es el momento. Mi único rival, el tiempo, ya he aprendido a vencerlo, de nuevo, con la paciencia.


Es una especie de transporte a un diferente sitio emocional, donde reina la paz, reina la vida. Sólo importa lo que yo sienta, y eso a nadie más le hace daño, porque en el momento sólo estoy yo ahí.


La concentración me favorece, alrededor nada más existe. La obra toma forma mientras la tarde se desvanece. Ha sido una tarde provechosa, he logrado sentirme aliviado, acomodado, desconectado por un momento de todo.


No visualizo aún el final, ni quiero hacerlo. Es una de esas ocasiones en las que todo fluye, y nada altera esa fluidez, no lo voy a permitir. Quién sabe que resultará, ni yo lo sé todavía. El final llegará en su debido momento, cuando las cartas se hayan exprimido una a una.


Afuera llueve y eso me relaja aún más. Ahora más que nunca es cuando no quiero pensar en nada más, todo tiene un orden que ya establecí, pero que aún no inmortalicé. No me apuro. Bajo la calma que reina en mí, no morirá nada.


Lentamente se terminan de acomodar las cartas. Ahora si se acerca el final, pero ya no me desalienta que llegue. Se que todo ha salido bien, y que la sensación de bienestar perdurará por un tiempo al menos, hasta que vuelva a escribir algo nuevo…

lunes, 17 de agosto de 2009

El mundo a través de mis ojos...

El mundo… el mundo como espacio físico me parece en su mayoría maravilloso, inspirador y motivante. A pesar de los factores exógenos que lo corrompen, su belleza física aún no muere, y continúa engalanándonos.


Sin embargo, el que su belleza esté a la vista de todos, no significa que todos lo apreciemos de la misma manera. En mi caso no es porque piense diferente, sino porque veo diferente.


Con el tiempo me convencí de que es un privilegio ver las cosas como pocos lo hacen, y que a pesar de que se pueda considerar una pequeña discapacidad, en lo personal lo tomo como una capacidad distinta.


Basta pensar un poco nada más, para caer en cuenta que si lo logré mantener en secreto durante mis primeros 15 años de vida, con la inocencia propia de esos años, es porque en realidad, el problema no existe.


Si el zacate es verde, poco me importa, igual lo puedo pisar, igual lo puedo sentir. Si el mar es rojo o es azul ¡No lo sé!, aún así puedo admirar su grandeza y su belleza. ¿Los árboles son cafés, y sus hojas verdes?, da igual, siguen siendo majestuosos y me puedo refugiar en su sombra cuando sea necesario.


Sí, soy daltónico y de niño me afectó serlo, por eso lo escondí con recelo. Pero una vez que crecí, me di cuenta que no importa de que color vea el mundo, lo que importa es la felicidad que me provoca observar la grandeza que éste encierra.